7 de noviembre de 2016

Te echo de menos

Hoy quiero gritarle al mundo lo que te echo de menos. Tus risas abiertas sin importar el porqué. Tus conversaciones con cualquiera sin pensar el ser juzgada. Tus comentarios espontáneos. Tus salidas de tono. Tus atracones a dulces sin ni siquiera pensar en lo que vendrá después. Tu "me importará". Tu forma de vivir el momento, el presente, ese regalo. Tu capacidad de hacer bromas. Tu manera de vestir, desaliñada el día después de salir de fiesta hasta las seis de la mañana, yendo a clase sin apenas dormir, o arreglada al levantarte guapa otro día más con fuerzas por saber y afrentar lo que venga. Tus horas viendo películas o series. Tu despiste o vagancia, el no querer hacer deberes porque de verdad tienes algo más y mejor que hacer. Tu "ya lo haré después". Tus baños eternos con la bañera a rebosar. Tus gritos cantando sin importarte quien te oyera. Tu lema de ande yo caliente ríase la gente. Tus bocadillos de bacon. Tu disfrute con un balón en los pies. Tu capacidad de hablar en clase. Tu confianza en ti misma, esa inquebrantable. Tus horas hablando con la gente, sin nadie capaz de callarte. Tu genio para el sarcasmo y la ironía.

Teniéndolo todo, no te tengo a ti. Lo más esencial, lo que siempre me va a acompañar. 

Quiero gritar, y sin embargo aquí me quedo. Estancada. En una habitación sin luz, añorando la chica que solía ser. Echándome de menos.

23 de septiembre de 2016

Segundo asalto

Segundo escalón. Segundo asalto. Mucha vida por delante, decenas de objetivos y metas por cumplir. Balón en los pies, bolígrafo en la mano y a seguir. A seguir creciendo. Soñando, imaginando, cumpliendo. A trabajar por lo que quiero, de lo que quiero. A intentar cambiar el mundo con palabras y hechos. No basta con quedarse quieto. Aprender, sentir que valgo para esto. Rodearme de los mejores, no recaer y mantenerme en pie. Levantarme y mirarme al espejo. Y decir: Yo valgo, me quiero y me respeto.

17 de agosto de 2016

Entre jaulas

El mundo se ha vuelto completamente loco. Pantallas teledirigiendo nuestras vidas a todas horas. Teclas y más teclas. Sonidos. Mensajes. Emoticonos. Ojos pendientes de una luz. Manos atadas. Arrastramos cadenas invisibles. No nos damos cuenta de las rejas que nos ponemos. Al sonar la alarma que nos indica que somos un número más en el mundo ya estamos atrapados. Nos vestimos con el uniforme propio de otro sujeto más. ¿Corbatas roja o azul? Y de nuevo entre cuatro paredes. Le damos al botón y encendemos la caja. Aparece la realidad. Hambre, miseria, guerra. "Por favor, hijo, hazme el favor de cambiar." Escondiendo nuestros ojos del mundo de verdad. La sonrisa solo sale al abrir un regalo con un iPhone dentro, solo sale al vestir las zapatillas de Nike. Todos movidos por las marcas, todos movidos por el pico de esta gran pirámide que tiene como base gente ciega y sin ningunas ganas de quitarse la venda. 

Corta el hilo

No me paro a pensar en lo que sería la vida sin esos momentos de tristeza. Aquellos en los que quizá te pillan debajo del cabezal de la ducha, frente a tu ordenador, o incluso, y peor, entre un grupo de gente. Esos mismos momentos que a veces nadie encuentra un comienzo, una causa, un motivo para justificarlos. Alguien que conozco los suele llamar locura, trastorno bipolar, depresión... No sé. Yo prefiero no poner nombre, no me quiero comer la cabeza con eso. Ya bastante tengo con sentir esa presión en el pecho, esos pensamientos en la cabeza, y ese bajón recorriendo mi cuerpo. No llego a llorar, es raro ¿no? Suelo pensar que esa tristeza me llevará a valorar la alegría. Cuando llegue. Si es que llega. Esa tristeza que viene en forma de brisa, pero se queda en mí como una tormenta. Pasa, pero siempre deja la huella. Los de alrededor no lo notan, pocos son los que lo hacen. Los que se dan cuenta no tienen ganas de hacer que nada cambie, los que se dan cuenta, quizá, son los que más me miran. Aquellos que se fijan en mis andares, en mis gestos o en el plato de comida. Nunca un "qué tal", nunca una pregunta. ¿Para qué? De mi boca no saldrá un mal, solo sé mentir. Mentir para parecer feliz, para sentirme como una más en este mundo de marionetas que no saben hacer otra cosa que fingir.

14 de agosto de 2016

Nadando por el Sena

Sigo estando, sí. Pero a la vez me he ido. He recorrido un camino distinto. He cogido aviones, con destino, me he abrochado fuerte el cinturón con una esperanza en el bolsillo y dos maletas en el compartimento superior. No, la tristeza no ha tenido cabida en ninguna. He visto el amor en París, los versos mojados nadando por el Sena y hasta al recuerdo despidiéndose de mí en bicicleta por el Campo de Marte. La Gioconda siguiéndome con la mirada, de invitada en Las bodas de Caná y cortando un brazo a la Venus de Milo. No me preguntéis qué viví, que no me acuerdo. Solo un viaje de ida y vuelta pero sin regreso. No digáis de mí que no he sentido por el hecho de no contarlo. Presumid de seguir vivos, sin que el amor, aún, os haya atrapado. Disfrutad, amigos. Disfrutad de un sentimiento, que aún sabiendo nombrarlo, nunca lo habéis sentido.